sábado, 7 de febrero de 2015

¡Es la demanda, imbéciles!

El error e ideología que se esconde en el fondo de las soluciones recetadas para volver a la senda del crecimiento va mucho más allá de reuniones opacas en las que las élites fijan los pasos a seguir, se encuentra en los cimientos de nuestras sociedades, en la educación, en cómo se enseña Economía en las universidades. Lo quedó expresado muy bien en una frase el economista estadounidense y premio Nóbel Paul Samuelson: "No me importa quién escribe las leyes de una nación, o la artesanía de sus tratados avanzados, si puedo escribir sus textos de economía."

El discurso dominante falla a la hora de dar cuenta tanto del origen del beneficio, como de explicar los determinantes del producción, esto es algo que vieron pronto tanto Marx en su crítica a la economía clásica, como Keynes con su frustrada revolución contra la economía neoclásica. Ambos dirigieron sus dardos a lo que se conoce como ley de Say, justo al centro de la diana, raramente  referenciada explícitamente pero que se encuentra en el corazón de la ciencia económica que hoy damos en las universidades.
Si bien la teoría neoclásica supuso una ruptura con la escuela clásica y el papel protagonista que jugaban en su exposición del crecimiento las clases sociales y la distribución, tomó de ella la llamada “ley de los mercados” o ley de Say, la proposición por la cual la oferta crea su propia demanda, y que establecía que no podía haber  una recesión causada por una deficiencia general de la demanda agregada, aunque ello no implicaba que no pudiese ocurrir de alguna otra forma. Ricardo y James Mill en sus escritos ya sostuvieron que desajustes en la producción, causados por desequilibrios sectoriales, podrían crear un exceso de oferta o de demanda de forma transitoria, pero seguiría habiendo una oferta agregada equivalente a la demanda agregada, la cual acabaría corrigiéndose a través de los cambios en los precios relativos de los bienes. 
Luego, el sistema de precios aparecía así como el pegamento que hacía pasar la teoría económica por racional y se erguía como el regulador que validaba la Ley de Say de que toda oferta comporta la aparición de una demanda equivalente, que hacía imposible abordar la dinámica real del capital, el proceso de acumulación, obligando a buscar las perturbaciones del equilibrio del sistema fuera de éste, no dando cabida así a las tesis subconsumistas asociadas a la sobreproducción, que ya habían desarrollado Sismondi y más tarde, Hobson. Así, la economía neoclásica huyó hacia la utopía pura de un mundo ilusorio de equilibrios, óptimos y perfecciones, caracterizado por la igualdad omnipresente de los intercambios y la armonía universal de los intereses; consiguiendo, como estaba convencido Adam Smith, gracias al egoísmo racional de los intereses particulares; el mejor de los mundos posibles blandiendo la varita mágica del equilibrio general conducido por una misteriosa y divina mano invisible. Quedaba abolido todo problema moral, ya que de aquí se deducía que lo que tiene que hacer cada individuo, para originar una actividad socialmente óptima y eficiente, es actuar de la manera más egoísta posible. 

Marx, que estudió el mecanismo de acumulación del capitalismo, consideró las crisis como desviaciones temporales, aunque inevitablemente recurrentes, consecuencia de estabilizar la tasa de ganancia de los empresarios a través del ejército de reserva industrial; esto es, una amplia plantilla de trabajadores desempleados que servía para que los salarios bajasen. En Marx, el nivel general de actividad “gravitaría” alrededor de ese equilibrio de largo plazo que restablecía la tasa de ganancia a niveles deseados por los capitalistas, argumento que incluye en si mismo la ley de Say, si bien a corto plazo sus argumentos se asemejan a los de Keynes con un rechazo a ésta. A diferencia de una economía de trueque, para la cual la ley de Say sería válida, Marx señaló que en una economía capitalista el dinero no es simplemente un medio de intercambio, sino que es también reserva de valor, puede ser atesorado. Si los empresarios capitalistas son inducidos a no utilizar el capital creado, la demanda agregada será menor que la oferta, y la economía sufriría simultáneamente la existencia de capacidad productiva no utilizada y de trabajadores desempleados.

En condiciones de incertidumbre; uno de los principales aspectos de la teoría keynesiana e ignorado en la posterior síntesis-neoclásica que supuso una distorsión de su obra; el dinero no es neutral, algo totalmente opuesto a lo que presuponen los modelos ortodoxos que describen una economía de trueque y no monetaria, como es el capitalismo. En un mundo incierto, la posesión de dinero y otros activos líquidos proporciona utilidad porque supone una protección del titular frente al temor de no poder cumplir con obligaciones futuras. La Ley de Say afirma que cualquier nivel de producción que se produce se vende, mientras que la teoría de la demanda efectiva propuesta por Keynes afirma que la economía tenderá a producir el nivel de producto que puede ser vendido, lo que directamente implica que el mercado no tienda al pleno empleo sino que puede estar de manera continuada en elevadas tasas de desempleo. Si la rentabilidad o tasa de ganancia en términos marxistas aumenta, pero el mercado se contrae, no existe razón por la que ningún empresario instale nueva capacidad productiva si no tiene a quienes venderle, no hay expectativas que impulsen esa inversión, los “animal spirits”  keynesianos estarán entonces dormidos, desanimados. Además, en el mundo real, el dinero surgido inicialmente de los ingresos de la producción, sean éstos de trabajadores o de capitalistas, puede desviarse a los mercados de activos y no ser gastado en bienes, debido a unos mayores retornos y disponibilidad de liquidez, especialmente en la especulación.

Podemos  sumar otros problemas al cumplimiento de la ley de Say, como el desfase temporal entre la producción y la venta, con la dificultad añadida de tomar en consideración la innovación tecnológica o las preferencias cambiantes de los consumidores; sobre las cuales las instituciones en sentido amplio, que incluyen costumbres, hábitos y rutinas, tienen un papel fundamental aunque limitado; y que puede provocar que las expectativas que existían en el momento de comenzar el proceso de producción sean totalmente diferentes a las que existen una vez finalizado. Es por ello que para inducir artificialmente al equilibrio que emana de la ley de Say en los modelos neoclásicos, inferidos de un proceso de agregación más que cuestionable resultado de la suma de individuos tomados como iguales, se acuda a la restricción de la deshumanización de los propios individuos, a la caricatura del homo-economicus neoclásico representada en ocasiones como Robinson Crusoe, y que se construye sobre la hipótesis de hiper-racionalidad de los agentes económicos, con unas preferencias ordenadas que maximizan su utilidad independientemente de las acciones y preferencias de otros.
Pero un problema más grave es la asunción universal de que en los mercados las empresas son precio-aceptantes, con precios fijados por la competencia, y no la norma de precios administrados gracias a la existencia de oligopolios con poder para fijar el mark up, la diferencia entre los costes y el precio del producto, igualando la oferta y la demanda a través de cambios en el empleo y la producción, y no por ajustes en precios.

El rechazo de la ley de Say, ya que no todo el acto de ahorro se traduce necesariamente en un acto de inversión, y la consideración del sistema capitalista como un sistema inestable, cuyas fuentes son endógenas, haciendo hincapié en la importancia central de la demanda agregada, aleja a gran parte de la heterodoxia económica del equilibrio general de la corriente dominante y de su utopía autocorrectora. Todo el edificio teórico construido en base a la ley de Say y sus implicaciones es la antesala de nuestro adoctrinamiento, el estudio de un mundo irrelevante que desprende soluciones que inevitablemente desembocan en fundamentalismo de mercado.

Permitir un cambio de rumbo en la crisis, un cambio que no suponga concesiones transitorias fruto de la presión social, un pacto débil que con el tiempo se supera y queda obsoleto con el progreso de la tecnología y cambios institucionales, como vemos ha venido ocurriendo desde los años 70, necesita el desarrollo y el debate de un programa académico alternativo al actual, que permita diversidad teórica y metodológica y una perspectiva plural, desde el acercamiento de las diversas disciplinas que forman las ciencias sociales. ¿Se está moviendo algo en esta dirección? Si, desde hace unos meses, 42 asociaciones de estudiantes de economía de 19 países distintos impulsaron el llamamiento internacional por el pluralismo en economía bajo el nombre de “International Students Initiative for Pluralism in Economics” (ISIPE), entre los que se incluye el grupo de Economía Crítica Extremadura, del cual soy miembro. Desde entonces, el número de colectivos de estudiantes y los apoyos dentro del mundo académico y profesional, han ido en aumento, pese a todos los obstáculos para que esto prospere y la etiqueta de “herejía” a todo aquello que se salga de lo convencional, con el estigma que supone en la profesión económica, forzándose a quienes alertan de las fallas del discurso tradicional incluso al exilio a universidades de poco peso  y revistas de escaso impacto por quienes temen al pensamiento crítico fomentado desde la educación ¿Nos pararán? De momento estamos ganando terreno, el momento apremia, como muy bien apreció el economista francés Robert Boyer hace muchos años, “cuando las crisis duran, las ortodoxias se agotan”.


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