sábado, 25 de febrero de 2012

Decrecimiento, vivir mejor con menos

Hace poco tuve la oportunidad de ver en clase el documental “Compra, tira, compra” que trata sobre la obsolescencia programada, una práctica que consiste en fabricar productos para que tengan una fecha límite de uso, acortar su vida útil para que fallen y compres otro producto con la intención de incentivar de esta forma el consumo y el empleo. Los orígenes de la obsolescencia programada se remontan a 1932, con la creencia de que esto daría un empujón a la economía y saldrían así de la Gran Depresión,lo que resulta un planteamiento erróneo, pues en épocas de recesión el consumo privado no tira de la economía, ya que las personas no gastan más, sino que se limitan a resguardarse ante posibles problemas y disminuyen su consumo.

La obsolescencia programada provoca un flujo constante de residuos que acaban en países del tercer mundo. Un tratado internacional prohíbe esto, pero los mercaderes usan un sencillo truco, declarar productos de segunda mano productos que en realidad van a la basura, convirtiendo África en el vertedero de Occidente, donde miles de hombres, mujeres y niños rebuscan en estos vertederos electrónicos en busca de piezas de metal que puedan vender,
Este tipo de despilfarro no puede sostenerse indefinidamente, hoy sabemos que los recursos naturales y energéticos con los que cuenta el planeta son limitados y pronto no habrá espacio para tantos residuos.

La obsolescencia programada es un modelo de negocio malo para el usuario y el medio ambiente, no existe un mundo ecológico y otro de los negocios, separados uno del otro, sino un mundo con recursos limitados, por lo que el negocio y la sostenibilidad deben ir de la mano.



Al final del documental aparece la cuestión que quiero abordar, el “decrecimiento”, una corriente de pensamiento político, económico y social cuyos defensores abogan por una economía sostenible y no por un crecimiento ilimitado a costa del despilfarro de recursos, puesto que los recursos no son ilimitados, por lo que debemos reducir nuestra huella ecológica, el despilfarro y la sobreproducción. No se trata de un concepto en negativo, sería algo así como cuando un río se desborda y todos deseamos que ‘decrezca’ para que las aguas vuelvan a su cauce.

Según Serge Latouche, economista Francés partidario de decrecimiento y una de sus caras más conocidas, “Más que construir una sociedad alternativa concreta, el decrecimiento implica desaprender, desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con el planeta. Se trata de buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica".
Posibles caminos que Serge Latouche […] intenta resumir de manera gráfica y parcialmente en su programa de las 8 R: Revaluar (revisar nuestros valores: cooperación vs competencia, altruismo vs egoísmo, etc.); Recontextualizar (modificar nuestras formas de conceptualizar la realidad, evidenciando la construcción social de la pobreza, de la escasez, etc.); Reestructurar (adaptar las estructuras económicas y productivas al cambio de valores); Relocalizar (sustentar la producción y el consumo esencialmente a escala local); Redistribuir (el acceso a recursos naturales y las riquezas); Reducir (limitar el consumo a la capacidad de carga de la biosfera); Reutilizar (contra el consumismo, tender hacia bienes durables y a su reparación y conservación); Reciclar (en todas nuestras actividades)

No es posible el crecimiento continuo en un planeta limitado. Cada vez resulta más claro que la eficacia económica no sirve para resolver los problemas ambientales, además hemos de tener en cuenta el efecto rebote: aunque disminuye el impacto en el consumo de recursos por de producto, en términos absolutos este consumo incrementándose. Se fabrican coches de bajo consumo y gasolina sin plomo, pero aumenta el número de coches, de kilómetros recorridos y de autopistas; se generaliza el uso de bombillas y electrodomésticos de bajo consumo, pero aumenta el gasto eléctrico y el número de electrodomésticos por familia.

Los países del Norte vivimos derrochando los recursos que la naturaleza conservó durante millones de años, haciendo disminuir cada vez más la biodiversidad e impidiendo el acceso igualitario de la población a estos bienes. La crisis ecológica se hace patente en el agotamiento de los recursos naturales (materias primas y combustibles fósiles), en la destrucción y fragmentación de los ecosistemas y en el desbordamiento en cuanto a niveles de contaminación de los sumideros; al ritmo de consumo actual nos queda petróleo para 40 años, uranio para 70... y los efectos globales de la contaminación cada vez son más alarmantes: cambio climático, etc.

El economista Simon Kuznets, premio Nobel de economía en 1971 por sus labores en el estudio del crecimiento económico, ya nos advirtió en los años 60 al señalar que "hay que tener en cuenta las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento, entre sus costes y sus beneficios y en el plazo corto y el largo. [...] Los objetivos de "más" crecimiento deberían especificar de qué y para qué".

Este enfoque del decrecimiento choca contra la máxima de los gobiernos que nos recuerdan día tras día en plena crisis que "el crecimiento es lo primero".

Para los partidarios de esta alternativa, la palabra decrecimiento parece más adecuada que el término desarrollo sostenible porque su significado es claro: sólo hay un camino posible, vivir con menos, y el reto está ahora mismo en “vivir mejor con menos, en la sociedad de consumo actual se crea un producto nuevo cada 3 minutos pero, ¿Es necesario todo lo que compramos? ¿Es el decrecimiento el camino hacia la sostenibilidad?

lunes, 2 de enero de 2012

Globalización Versus Occidentalización

¿ Es la globalización realmente una maldición occidental? Con está pregunta empieza el que definen entre los economistas como “la conciencia moral de la profesión económica Amartya Sen, en su libro Primero la gente, la mejor interpretación de la globalización que he tenido la oportunidad de leer, y que, junto a unas reflexiones sobre la equidad de Bernardo Kliksberg incluidas en el mismo libro, me parece oportuno compartir.

A lo largo de miles de años, la globalización ha contribuido al progreso del mundo a través de viajes,de migraciones, del comercio, de la difusión del conocimiento y la comprensión, de la cultura. La alta tecnología en el mundo al año 1000 de la era cristiana abarcaba, entre otras cosas, el papel, la imprenta, la ballesta, la pólvora o la carretilla, que eran inventos de uso difundido en China, pero practicamente desconocidos en otros lugares, y que la globalización dispersó por el mundo. Lo mismo ocurrió con la influencia de oriente sobre las matemáticas y la ciencia muchos siglos antes.
Los agentes de la globalización no son exclusivamente europeos ni de occidente, pues Europa hubiese sido mucho más pobre y atrasada si se hubiese opuesto en aquellos momentos a estos avances, por lo que carece de sentido que hoy otras zonas del mundo se opongan a la globalización de la ciencia y de la tecnología por estimar que representan el imperialismo occidental, en vez de aprobecharse de las contribuciones positivas que ello conlleva. Confundir globalización con occidentalización conduce a distraer la atención de los muchos beneficios potenciales de la integración global.

Hay evidencias suficientes de que la economía global ha aportado prosperidad a numerosas y diferentes áreas del globo, las experiencias de Europa, Norteamérica, Japón y el Sudeste Asiático tienen importantes mensajes para las demás regiones. No podemos revertir la dificil situación económica de los pobres en el mundo impidiéndoles el acceso a las grandes ventajas de la tecnología contemporánea, a la eficiencia sólidamente establecida del comercio e intercambio internacionales y a las ventajas sociales y económicas que brinda la vida en una sociedad abierta.
Es dificil lograr prosperidad económica sin recurrir a las oportunidades de intercambio y de especialización que ofrecen las relaciones de mercado, aún cuándo la economía de mercado resulte muy defectuosa, no hay manera de prescindir de la institución de los mercados como poderoso motor de progreso económico. Los resultados del mercado se encuentran considerablemente influenciados por las políticas públicas en materia de educación, sanidad, reforma agraria, facilidades de crédito, protecciones legales apropiadas, etc., y en cada uno de estos ámbitos hay trabajo por hacer que puede alterar radicalmente el resultado de las relaciones económicas locales y globales que resultarían de un capitalismo extremo. 

El tema central del debate no reside en la globalización en si misma, ni tampoco en el recurso al mercado como institución, de lo que se trata principalmente es de cómo dar buen uso a los notables beneficios del intercambio económico y del progreso tecnológico en una forma que preste la atención debida a los intereses de los más desfavorecidos y vulnerables.

El principal desafio está vinculado a la desigualdad, a la falta de equidad en el balance general de los arreglos institucionales, tanto entre los países ricos y pobres como entre los diferentes grupos dentro de los países , que da lugar a una distribución muy desigual de los beneficios de la globalización.
Aún si los pobres se enriqueciesen tan solo un poco, esto no significaria necesariamente que están obteniendo una participación justa en los beneficios potencialmente enormes de las interrelaciones económicas globales. La cuestión no está en saber si los pobres también se benefician de la globalización, sino saber si obtienen una participación equitativa y unas oportunidades justas. Esto normalmente es dificil de ver si nos fijamos en los promedios de ciertas magnitudes, como puede ser el PIB per cápita, pues caemos en “la tirania de los promedios” ya que no revela las desigualdades existentes, pues como ha ocurrido es posible que el PIBpc aumente pero al mismo tiempo se incremente la brecha de equidad entre los diferentes estratos de la población. Esto es lo que ha pasado en los diferentes países donde se ha implementado el experimento liberal, una política económica a la que Amartya Sen se refiere como "sangre, sudor y lágrimas" por todo el sufrimiento humano que ha ocasionado allí por donde ha pasado.

En el establishment de economistas hay quienes defienden a capa y espada las “funcionalidades” de las desigualdades. Acostumbran a señalar que contribuyen a acumular capitales en ciertos grupos, que luego reinvertirán y acelerarán el crecimiento, o que son una etapa obligada del progreso. El Banco Mundial, escenario frecuente de controversias, considera desde 2004, tras evaluar los resultados de las experiencias ortodoxas de latinoamérica y el sudeste asiático, que “La mayoría de los economistas y otros especialistas sociales considera ahora la desigualdad como un posible freno para el desarrollo, ha sido un concepto equivocado la idea de que se puede crecer primero y preocuparse por la distribución después”. Esto es algo que parecen ignorar otras instituciones como el FMI o la OCDE, así como economistas y políticos que siguen equiparando prosperidad y crecimiento del PIBpc a pesar de la ineficiencia de las políticas que vienen impulsando desde las últimas tres décadas.

El economista Simon Kuznets, premio Nobel de economía en 1971 por sus labores en el estudio del crecimiento económico, ya nos advirtió en los años 60 al señalar que "hay que tener en cuenta las diferencias entre cantidad y calidad del crecimiento, entre sus costes y sus beneficios y en el plazo corto y el largo. [...] Los objetivos de "más" crecimiento deberían especificar de qué y para qué".

Las dimensiones que deberían tenerse en cuenta para saber si una sociedad se favorece de la globalización, junto a los indicadores económicos usuales, aspectos que tienen que ver con el desarrollo social, el desarrollo ambiental, el acceso a la cultura, las libertades y la construcción de la ciudadanía, siendo un eje fundamental de todo ello la educación y la sanidad, la equidad no debe centrarse solamente en cuestiones de ingresos, sino en el acceso a oportunidades,que inciden de una forma más fuerte y directa sobre el desarrollo de las sociedades.

La globalización merece una defensa razonada, pues los puntos señalados por los que protestan por ello no son siempre sensatos, pero también requiere una reforma necesaria para que sus beneficios lleguen a todos los sectores de la sociedad. ¿Será este 2012 el año en que el mundo, en especial occidente, deje de lado la ortodoxia dominante y asuma los retos de la globalización para caminar hacia un desarrollo humano sostenible del que puedan participar todos sus ciudadanos? 


sábado, 24 de diciembre de 2011

Desarrollo insostenible, irresponsabilidad política

La Cumbre del Cambio Climático en Durban de este año se presentaba para muchos con un interrogante que puede parecer lógico en un primer momento.
¿No convendría esperar un poco y afrontar el desafío climático cuando hayamos resuelto la crisis de la deuda en Europa, cuando el crecimiento se haya reanudado?
La respuesta es no, actuamos a contrarreloj, el tiempo es clave ya que el cambio climático avanza y corre el riesgo de descontrolarse, agravando todo tipo de catástrofes naturales e incidiendo negativamente sobre la vida de millones de personas.
Los costes futuros de no luchar contra el cambio climático superarán por mucho a los que debemos afrontar para aminorar sus devastadoras consecuencias.

Después de 17 años de conversaciones, las naciones parte de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) no han logrado frenar el aumento de las emisiones de carbono. En este periodo las emisiones de gases de efecto invernadero han aumentado en un 49% a nivel mundial.
Las negociaciones se remontan a la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro 1992 organizada por la ONU.La Conferencia fue la oportunidad de adoptar un programa de acción para el siglo XXI, llamado Programa 21, que desde entonces es la referencia para la aplicación del desarrollo sostenible en los países.
La Conferencia de Río fue también testigo de la aprobación de la Convención sobre el Cambio Climático, que afirma la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que condujo a la firma en 1997 del Protocolo de Kyoto, que expira en 2011. 

Dos años después de la Cumbre de Copenhague, donde se acordó como objetivo prioritario evitar la subida de la temperatura del planeta más de dos grados, con los datos en la mano vemos que su fracaso ha tenido como consecuencia un aumento en las emisiones globales en más del 5% en 2011.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) advierte de que las emisiones se acercan peligrosamente al limite de 32.000 toneladas de CO2 que no se debe rebasar en 2020 si se quiere evitar el aumento de más de dos grados de temperatura. Los científicos estiman que, con las promesas de reducción de CO2 sobre la mesa, la temperatura media del planeta pegara un brinco de entre 3 y 3’5 grados hacia final de siglo, en algunos países, como España, esta subida media podría traducirse en seis grados más en 2100.

A Durban se llegaba con la enorme necesidad de firmar un segundo Protocolo de Kyoto, ante lo que se presentaban varios debates.
El Protocolo de Kyoto integra una radical distinción entre países desarrollados y países en desarrollo, exigiendo compromiso y actuación solamente a los primeros. Sin embargo, los cambios producidos en la economía mundial durante las dos últimas décadas están difuminando cada vez más tal distinción, pues países como Corea del Sur, Brasil, China o India, ahora son grandes economías exportadoras con industrias competitivas, y no tienen nada que ver con los países que eran en 1990. 
La AIE estima que, hasta 2035, el 90% del aumento de la demanda de energía se producirá en países no miembros de la Organización para la cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, es decir, en los países emergentes. 
Por tanto, el mundo no puede combatir eficazmente el cambio climático sin el compromiso de estos países, al igual que sin Estados Unidos, que no llegó nunca a firmar el protocolo de Kioto a pesar de ser el país más contaminante del mundo y la principal potencia económica mundial.

En el debate está presente también las cuestión de las “emisiones históricas”, pues, el cambio climático es consecuencia de las suma de las emisiones causadas por las liberaciones de carbono hechas desde el s.XX. Entre 1900 y 2008 Estados Unidos liberó a la atmósfera alrededor de 337.000 millones de toneladas de CO2, mucho más que cualquier otro país. China emitió unos 117.000 millones en el mismo periodo. Ahora está en como pedirle a los demás países que no tomarse el lujo de igualar las emisiones históricas de estados unidos para crecer.

Tras la cumbre de Durban, convención a la que no han ido primeras espadas de ningún país, lo que demuestra el interés de nuestros gobernantes en este tema tan prioritario para todos, los representantes de los gobiernos del mundo han acordado poner en marcha en 2020 unas negociaciones para un tratado que determine una serie de objetivos a alcanzar para reducir las emisiones y luchar contra el cambio climático que abarque a todos los países, algo que será devastador, ya que no es lo mismo comenzar a reducir emisiones en 2012 que en 2020.

Países como Japón, Canadá y Rusia, adheridos al protocolo de Kyoto han dejado claro que no tienen intención de firmar un segundo tratado vinculante de reducción de emisiones. Los motivos en los japoneses son el terrible terremoto y tsunami que han asolaron el país en marzo de este año, mientras que Rusia y Canadá, presumiblemente lo hacen para no rendir cuentas por sus yacimientos petrolíferos. Habrá que ver la disposición de todos los países a firmar un nuevo tratado llegado el momento, en 2020.

La Unión Europea parece ser el principal valedor del protocolo de Kioto, junto con los países más afectados por el cambio climático, pero un segundo periodo de Kyoto en el que solo este la UE, que representa el 11% de las emisiones globales, es claramente insuficiente.

Los patrones cambiantes de las lluvias, deshielo de glaciares, aumento en el nivel del mar, las sequías más largas y severas, las inundaciones y el aumento de las temperaturas, están teniendo un impacto devastador en especies animales y vegetales que pasan por un momento de supervivencia crítico y sobre todo en la vida de millones de personas, principalmente en las que tienen menos recursos y son más vulnerables, porque los países menos desarrollados son los que tienen menos medios para responder a las catástrofes.
A pesar de que muchas zonas del mundo, como por ejemplo América Latina y el Caribe o África no son de los grandes emisores de gases de efecto invernadero, si son de las zonas más afectadas por sus consecuencias.

Desde el Cuerno de África y el sudeste asiático hasta Rusia y Afganistán, en este año 2011, inundaciones, sequías  y calores extremos han sumido a millones de personas en la hambruna y la pobreza. En Estados Unidos, el año pasado sufrieron 14 desastres relacionados con el cambio climático, que costaron cada uno más de 1.000 millones de dólares.

En 2010 la Organización Meteorológica Mundial, portavoz autorizado de las Naciones Unidas sobre el tiempo, el clima y el agua, ya relacionó el calentamiento global con la ola de calor de Rusia y las inundaciones en China y Pakistán de ese mismo año.


Sin avances significativos ni una hoja de ruta clara para abordar el peligroso cambio climático. Podemos seguir engañándonos y seguir con el rosario de cumbres fallidas, sin preguntarnos a que se debe que se incumplan todas las promesas y objetivos firmados.
Estas actitudes no son accidentales, son causa de intereses del cabildeo corporativo al que pertenecen las industrias energética, química, farmacéutica, e incluso a nuevos sectores de seguridad y especializados en catástrofes, como empresas dedicadas a la reconstrucción o a la ayuda humanitaria, que cada vez más se están convirtiendo en un negocio. Los jefes de Estado y negociadores están más preocupados por la reconfiguración de los intereses geopolíticos a escala mundial donde predominan la lucha por los recursos naturales y una carrera por el crecimiento que por el oscuro destino del planeta.


La mayoría de los países pobres están en las zonas calientes, entre los trópicos de cáncer y capricornio, enfrentarse al calor, además de los problemas que trae, es caro. Estos países necesitan, por ejemplo, plantas de desalinización y infraestructuras para trasladar el agua potable, o invertir más en vacunas, para luchar contra las grandes poblaciones de insectos que transmiten enfermedades.


El Panel Intergubernamental de expertos sobre el cambio climático (IPCC) ha pronosticado que para la década de 2050, hasta 800 millones de personas en África (el 40% de la población) tendrá dificultades para acceder al agua. En América Latina se propagarán epidemias y en Asia, hasta 132 millones de personas es posible que se sumen a las que ya pasan hambre.

Reducir la contaminación es un asunto muy caro, y los países pobres no tienen la misma capacidad que los ricos para ello. Pocos países pobres se pueden permitir, por ejemplo, comprar absorbedores de alta energía o instalar turbinas de viento y paneles solares en los tejados.

Desde 2005 se ha puesto en marcha el “mercado de la contaminación”, que consiste en que un país que contamine por debajo de los limites fijados por el protocolo de Kioto pueda vender sus derechos de emisión a otros países que generen más contaminación, obteniendo un claro beneficio económico de ello. EEUU, el país que más contamina del mundo con un 25% del total de emisiones de gases y solo un 6% de la población mundial se opone a ratificar este acuerdo.

El resultado ha sido que corporaciones internacionales han trasladado sus actividades más contaminantes a los países pobres, con la intención de conseguir parte de los derechos de emisiones que reciben estos países. Además los países pobres están recibiendo toneladas de basura y productos tóxicos de los países desarrollados, que se amontonan muchas veces en sus costas. África y Asia reciben anualmente 50 millones de toneladas de residuos tóxicos anualmente, según un informe de la ONU.

Esto conlleva a la contaminación de los países pobres, que acabarán siendo un poco más pobres y más sucios.

Hay un instrumento que ayudaría a soportar esta tendencia contaminante de los países pobres, los créditos de carbono. Los países ricos pueden pagar a los países pobres para que hagan algo que reduzca los gases que provocan el efecto invernadero, logrando que los países pobres sean más ricos y su aire más limpio, plantando árboles en bosques que sirven como sumideros de CO2. Esto solo aborda parte del problema, ya que existe la duda de cuánto CO2 son capaces de absorber los árboles, además los árboles no pueden absorber otros gases como dióxido de azufre o mercurio, entre otros.

También sería importante la flexibilización de las normas de propiedad intelectual aplicables a las tecnologías para reducir las emisiones de carbono, de forma que se puedan aplicar más rápidamente y con menos coste en los países en desarrollo.

En 2009 en Copenhague los países industrializados se comprometieron a financiar con 30.000 millones de dólares a las naciones en desarrollo durante el periodo 2010-2012 para que reluciesen sus emisiones y hacer frente a los estragos  del cambio climático y en la conferencia posterior de Cancún en 2010, prometieron aumentar la ayuda económica a partir de 2013 hasta 100.000 millones de dólares  al año en 2020 a través de la puesta en marcha del Fondo Verde para el Clima que se ha acordado poner en funcionamiento en Durban este mes, una cantidad enorme de dinero equivalente al segundo rescate de la economía griega, pero que a día de hoy, no se sabe de donde va a salir, tomando en cuenta la profundidad de la crisis financiera y económica global, será difícil llevar a la realidad las promesas.

¿Ahora bien, los problemas provocados por el cambio climático nos afectarán también a los países desarrollados o solo a los países en vías de desarrollo?

El empeoramiento de la calidad de vida en estos países provocará inevitablemente que sus habitantes emigren masivamente hacia los países en desarrollo, pero además el aire contaminado de las grandes ciudades incrementa el riesgo de sufrir un ataque al corazón e impide el correcto desarrollo pulmonar en los niños, dando pie a enfermedades respiratorias.
Las comunidades más vulnerables frente a la contaminación atmosférica son los niños, los ancianos, las embarazadas y los enfermos de las vías respiratorias.

En España, aparte del aumento de las temperaturas y de la subida del nivel del mar, nos encontramos con otras muchas razones que nos obligan a reflexionar y a tomar la decisión de "entrar en acción", como la desertización del suelo, reducción de la productividad de las aguas y la tierra, mayor riesgo de plagas y enfermedades, inundaciones, etc, que provocará grandes costes económicos y humanos.

Ante todo lo anteriormente expuesto cabe la necesidad de que todos nos concienciemos en que el cambio climático nos afecta en nuestras vidas, los costes humanos y económicos que ello conlleva, que no es un problema solamente para la pobre gente sin recursos que aparecen de forma intermitente en los medios víctimas de alguna catástrofe a miles de kilómetros de nuestros hogares.

¿Cuánto sufrimiento debe aguantar la población del planeta para que nuestros representantes dejen de mirar para otro lado y sean responsables en cuanto a las consecuencias devastadoras de no afrontar el cambio climático? 





martes, 20 de diciembre de 2011

Corrupción como modus vivendi

La protesta pública por la corrupción, la impunidad e inestabilidad económica
ha estallado en todo el mundo en 2011
, las protestas florecieron por todo el globo y en muchos países se han incrementado rápidamente de un lado a otro, desde la primavera árabe, al movimiento 15-M  o el movimiento Occupy Wall Street. Pese al despertar de la población de su estado de shock o somnolencia, lo peor está por llegar. La delicada coyuntura que afrontamos no ha hecho más que prender la mecha ante una situación que cada vez se antoja más insostenible, esto no ha sido más que el preludio de manifestaciones en masa globales que aglutinen a gente de todos los sectores de la sociedad bajo un objetivo común, que los políticos cambien el rumbo y atiendan las demandas de las personas y no de lo que llamamos “mercados”, que vienen a ser grandes corporaciones financieras y empresariales. Para ello más transparencia y la responsabilidad de nuestros líderes son necesarias.

Las redes sociales han traído consigo el conocimiento y la discusión pública de multitud de escándalos que, muchos de ellos pese a realizarse bajo la legalidad, son indecentes y eméticos. 

Podemos encontrar temas como el del gasto militar de España en misiones y lugares donde nuestra presencia cada vez tiene menos sentido, como Afganistán o Líbano, pero donde seguimos a pesar de la delicada situación financiera y la anunciada austeridad del gobierno para reducir el déficit. O de los privilegios a los que no renuncia una clase política que espera la comprensión de los ciudadanos respecto a los recortes en sus derechos, privilegios que recoge muy bien Daniel Montero Bejerano en su libro “La Casta”

Así mismo, esta “casta” pide unos sacrificios a los ciudadanos que desconocen las fortunas y grandes corporaciones que evaden impuestos por medio de paraísos fiscales por valor de 42.700 millones de euros en España, un 72 % del total defraudado cada año, el triple que autónomos y PYMES según los cálculos del colectivo de técnicos de Hacienda Gestha. En el terreno internacional, Estados Unidos encabeza el ranking de los países que más evaden impuestos, en 2011, en torno a 337.300 millones de dólares no llegaron al Tesoro Público estadounidense a causa de la evasión según un estudio realizado por el grupo británico Tackle Tax Havens. A nivel global, la evasión de impuestos es de 3,1 billones de dólares, lo que representa el 5,1% del PIB global. Pese a todo, inexplicablemente la mayor parte de los trabajadores encargados de encontrar dicho fraude se dedican mayoritariamente a investigar a ciudadanos medios y pequeñas empresas.


Otro caso que sobresale especialmente en nuestro país es el de exdirectivos de las cajas de ahorros, protagonistas de la crisis en España, controladas por directivos afines o afiliados a partidos políticos que los colocan en estos puestos, causantes de la quiebra de muchas de ellas por su mala gestión y que saben que, lo único que les pasará por su incompetencia será su despido inminente y el rescate de dichas entidades con dinero público, por lo que son recompensados ante semejante hazaña con indemnizaciones y pensiones vitalicias millonarias.

Pese a estas y otras muchas corruptelas de todo tipo y casos de clientelismo favorecidos por la falta de control, transparencia y de incentivos sancionadores, España se encuentra en el puesto 31 de 183 países, con una puntuación de 6’2, según el informe de Percepción de la Corrupción 2011 de Transparency International, una organización independiente que se dedica a sacar a la luz la corrupción en cualquier parte del mundo. En comparación con el mismo informe en 2010 parece ser que nada hemos cambiado en este apartado.

El Índice de Percepción de la Corrupción 2011 muestra que la frustración de la población está bien fundada. Ninguna región o país del mundo es inmune a la corrupción en mayor o menor grado, es más, la gran mayoría de los 183 países y territorios evaluados tienen una puntuación por debajo de 5 en una escala que va desde cero (altamente corrupto) a 10 (muy limpio).

Nueva Zelanda, Dinamarca y Finlandia encabezan la lista, mientras que Corea del Norte, recientemente de actualidad en todos los medios por la muerte de su dictador Kim Jong-il y Somalia, que atraviesa la primera hambruna del s.XXI desde hace meses, se encuentran en la parte inferior.



En el debate de investidura (no entiendo que se le llame debate), ante las afirmaciones de la portavoz de UPyD, Rosa Díez, sobre la corrupción política, nuestro recién proclamado presidente Mariano Rajoy se cerró en banda molesto ante la idea de que se generalice la relación de la posesión de un cargo público con la corrupción, pero a la vista de los acontecimientos que ven la luz día tras día en nuestro país, cabe preguntarnos ¿Es la corrupción algo frecuente en nuestros políticos y cargos públicos?


miércoles, 30 de noviembre de 2011

La ruleta rusa alemana, Europa en juego

La Gran Depresión fue una serie de crisis que rebotaron de un lado a otro del Atlántico, cada una de las cuales se alimentaba de las anteriores, empezando por la contracción de la economía alemana que se inicio en 1928, por su dependencia del crédito extranjero y el peso de las indemnizaciones por la 1º Guerra Mundial, el gran crac de Wall Street de 1929, la cadena de pánicos bancarios sufridos por Estados Unidos a partir de finales de 1930 y la desintegración de las finanzas europeas en el verano de 1931.
En la Gran depresión, el PIB de las principales economías cayó un 25%, una cuarta parte de la población activa perdió su empleo, el sector bancario se contrajo un 40% y en muchos países el sistema bancario se desplomó. Casi todos los deudores soberanos  incurrieron en impago, incluida Alemania, la tercera mayor economía mundial en aquella época. Desde entonces ninguna otra crisis económica se ha acercado siquiera a aquel cataclismo…hasta ahora.

La crisis económica comenzada en 2007 continúa, azotando en estos momentos especialmente a los países periféricos de la Unión Europea. Algunas de sus causas se atribuyen a la desregulación desenfrenada que empezó en la década de los ochenta, con Margaret Thatcher y Ronald Reagan al frente de Inglaterra y Estados Unidos respectivamente, y a la derogación de la Ley Glass- Steagall. Sucesivos escándalos como los de la Enron o la burbuja de las puntocom fueron solo un presagio de lo que acontecería con la crisis subprime y Wall Street en el 2007
la captura de las instituciones del Estado (reguladores, Congreso, Poder Ejecutivo) por parte de lobbies empresariales y financieros, llevó al premio Nobel de economía Joseph Stiglitz a decir que: “los banqueros primero utilizaron su dinero y su influencia política para comprar la desregulación, luego para obtener el salvamento masivo y, finalmente el statu quo para impedir una re-regulación eficaz”.

Alemania se benefició durante años de la política económica europea. Cuando peor le iba, la eclosión de sus exportaciones no se dirigió hacia Asia ni EE UU, sino hacia Europa. 
El euro ha sido una mina de oro para Alemania, el superávit comercial de Alemania con la eurozona creció de los 63,8 miles de millones de euros en 2002 a los 139,9 miles de millones en 2009. En 2010 el superávit total de Alemania ascendió a 117,6 miles de millones de euros. Esto significa que el superávit con los países de la eurozona financió el déficit con otros países, especialmente Rusia y China. Este proceso trajo consigo que los países más “débiles” en las economías del euro tuvieron que asumir una deuda exterior creciente.

La Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional exige que los países europeos con problemas, los denominados PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) pongan en marcha fuertes recortes en los salarios, los gastos sociales y las pensiones, reduzcan el empleo público y privaticen propiedad pública para pagar la deuda. Esto es una exigencia de una política de deflación que va a llevar a una menor demanda y producción, un aumento del paro, ingresos fiscales más bajos, más pobreza y una creciente desesperación en la población.

Se nos dijo que fue una crisis financiera y que por eso los gobiernos de ambos lados del Atlántico se concentraron en los bancos. Se nos aseguró además que rescatarlos con dinero público era algo temporal necesario para pasar el mal momento, hasta que el sector financiero se recuperara y resurgiera el crédito privado. Pero la lluvia de liquidez sobre la banca no ha servido, los bancos no prestan, se dedican a desendeudarse. Mientras el sector bancario tiene otra vez su rentabilidad y sus bonificaciones, el crédito no se ha recuperado, a pesar de que los tipos de interés a corto y largo plazo están en mínimos históricos.

En estas condiciones cuando la demanda privada es anémica, cuando ni siquiera hay crédito, solo el sector público puede dar un volantazo para evitar la agonía. Así lo hizo Japón en los noventa, y el mundo entero tras la quiebra de Lehman Brothers. Como explicó Richard Koo, economista jefe de un banco de inversión japonés en una entrevista "Esa reacción suele ser automática. Luego llega lo dificil, el momento del pánico. En 1997 Japón cometió un error fatal, se asustó del abultado déficit en un país envejecido, estancado, sobreendeudado. Entonces puso en marcha un duro plan de austeridad y subió los impuestos. ¿Les suena familiar?"

Si estas medidas no van paralelas a la creación de empleo, al impulso del crecimiento, a incentivar la innovación y el emprendimiento, la situación será muy complicada.
Dichas medidas deberían ir acompañadas de la  flexibilización del trabajo en empresas con dificultades, aplazamientos de las obligaciones, y eliminación de multas y recargos por retrasos en pagos.


Casi dos años después de la crisis europea, debería ser obvio que obligar a los países débiles para seguir recortando sus presupuestos sólo empeorará las cosas, provocará una recesión más profunda que hará más difícil para estos países crecer, aumentar los ingresos y pagar el montaje de sus deudas. La austeridad dará lugar a un bucle de retroalimentación vicioso en el que la recesión amplía el déficit presupuestario, la deuda pública crece y se alimenta la oposición popular a la austeridad y a la reforma.

Esto no puede continuar durante mucho más tiempo. La señora Merkel debe darse cuenta de que Alemania no es inmune al declive de Europa. 

Sin un cambio radical por parte de los lideres europeos y del BCE, organización independiente que tal vez pueda brindar un alivio inmediato como prestamista de última estancia, amortiguando la recesión a corto plazo, la moneda única podría romper en cualquier momento.
La zona euro no funciona, y a menos que la eurozona se mueva hacia una mayor integración económica, política y fiscal, sin duda dará lugar a rupturas
Cualquier sobresalto, desde el fracaso de un gran banco a la caída de un gobierno, subastas de bonos sin valor o una revolución social, podría provocar la desintegración de la Unión Europea, que bien podría romperse en pedazos diferentes, o en un gran bloque en el norte y una Europa del sur fragmentada.

Además, incumplimientos generalizados de las obligaciones de pago en la periferia eliminarían una gran parte de la riqueza de Alemania y comenzaría una cadena de quiebras bancarias que convertirían la recesión en depresión. Dada la importancia enorme de Europa en la economía mundial, la crisis amenaza a los países de todo el mundo.
 

Los líderes de la mayoría de los países de la zona euro parecen no haber comprendido las consecuencias del fracaso, hay mucho en juego. Es el momento de que los alemanes devuelvan a los europeos el favor que les hicieron cuando las cosas les iban mal, cuando disfrutaron de tipos bajos y de la flexibilidad que ahora ellos no conceden a sus socios.
Conforme más tiempo se deje pasar, más duro y más largo será el camino hacia la recuperación.
 


sábado, 12 de noviembre de 2011

A la deriva del mercado


En nuestras actividades económicas nada sabemos de las necesidades ajenas que nuestro esfuerzo productivo contribuirá a satisfacer ni de los esfuerzos ajenos que acaban satisfaciendo nuestras propias necesidades. Casi todos ponemos nuestra aportación productiva al servicio de desconocidos, cuya existencia incluso ignoramos, mientras basamos nuestra vida en el consumo de bienes y servicios facilitados también por gente que desconocemos. Ahora bien, ello solo es posible sometiéndonos a unas normas tradicionales que no han sido establecidas por nadie deliberadamente, no han surgido por la planificación de ningún individuo. Al igual que el mercado, el lenguaje, el arte o incluso la propia razón son producto de la evolución cultural surgida de un orden espontáneo a través de millones de procesos de interacción humana, este es uno de los argumentos por el que, la idea de que la razón pueda hoy determinar el curso de la evolución, para los defensores del orden espontáneo resulta contradictorio.

Friedrich Hayek afirmó a lo largo de su obra que: "Si la humanidad se negara a asumir las mencionadas normas tradicionales, condenará a muerte y a la miseria a gran parte de la población actual". Todos los que se consideran liberales, a pesar de sus diferencias, no van contra la desaparición del Estado, sino que solamente, su función se limite a preservar las normas tradicionales, lo que denominan estado de derecho o imperio de la ley, un orden constitucional de acuerdo a unas reglas que garanticen la libertad individual a través de la protección de la propiedad privada que evite la coacción de otros individuos y el cumplimiento de los compromisos contractualmente contraídos.


Al contrario que los intelectuales con tintes socialistas, piensan que no hay ninguna razón para suponer que este orden espontáneo debe apuntar a la consecución de determinados fines, como por ejemplo, el logro de la felicidad  o una distribución más equitativa de la riqueza.

“El bienestar de la gente[…]no depende de principio alguno […]; porque los resultados dependen de decisiones que a su vez son consecuencia de hechos que no cabe regular a través de normas de carácter general” Immanuel Kant.

Insistir en que todo cambio sea justo equivale a paralizar la evolución, si alguien hubiese impuesto sobre sus semejantes determinados criterios de justicia basados en la igualdad, la sociedad civilizada no habría llegado a aparecer, ya que al reprimir las diferencias, paralizaría la posibilidad de nuevos descubrimientos.
Si todos fuéramos iguales, serían muy escasas las ventajas que podrían ofrecernos la división del trabajo y mínimas las que se derivarían de la coordinación del esfuerzo de los sujetos.

Lo fundamental de la teoría del comercio internacional se encuentra en las obras de Adam Smith y David Ricardo. Subrayaron que el libre cambio de mercancías tangibles e intangibles mejora la situación de los consumidores, y también que el librecambio permite aprovechar al máximo los recursos dados de una región y favorece su crecimiento a lo largo del tiempo.
Smith señaló que “en un país sin comercio extranjero[…] los señores feudales en poco más podrían gastar sus ingresos que en mantener a miles de dependientes y servidores mientras que los ricos y poderosos de su tiempo empleaban directamente a muchas más personas con su consumo distribuido en mil diferentes mercancías […] Lo que hacia que el trabajador mas pobre de una comunidad moderna tuviera a su disposición mayor numero de “servidores” y gozara de mayores comodidades que mas de un rey africano, dueño absoluto de la vida y libertad de diez mil salvajes desnudos”.

En cuanto a Ricardo,  proclamó que “ los amigos de la humanidad no pueden sino desear que en todos los países las clases trabajadoras tengan gusto por comodidades y disfrutes, y que por todos los medios legales se estimulen sus esfuerzos por conseguirlas […] Es importante la felicidad de la humanidad, que nuestro bienestar aumente por la mejor distribución del trabajo, porque cada país produzca esos bienes a los que sus situación, su clima y sus otras ventajas naturales y artificiales les adapta, y por su intercambio con los bienes de otros países”

El fin de un comercio mundial más libre es, pues, que gocemos de mas comodidades y que disfrutemos mas, lo que se consigue con una mejor aplicación del trabajo

Algo que podemos constatar es cómo la revolución industrial vino acompañada por la liberación política, así gran bretaña comenzó a industrializarse masivamente a partir de principios del s.XVIII gracias a la aceptación generalizada de las normas tradicionales que promueven el desarrollo económico, mientras Francia no consiguió hacerlo hasta finales del s.XIX y España ,hubo de esperar para dar ese salto a la segunda mitad del s.XX

La incomprensión de Karl Marx, Rousseau y otros muchos autores sobre la capacidad liberadora del capitalismo la ha explicado Hayek por la dificultad de la gente común para entender el funcionamiento y papel del mercado. La opacidad del mercado por el hecho de que no es una institución que funciona con una mente que lo controle todo centralizadamente, sino en la división del conocimiento.
Los entornos de conocimiento de los individuos son parciales por necesidad, y se entrecortan con los campos de información de otros individuos, dejando a los precios como los únicos vehículos de información más general.


Carl Menger explicó muy acertadamente la complejidad de las relaciones humanas “El valor de cualquier articulo es la estimación que el sujeto económico establece en relación con la importancia que los bienes disponibles tienen para potenciar sus personales apetencias y su nivel de bienestar “. Estas preferencias que, ni siquiera puede precisar nítidamente muchas veces el propio interesado, su conocimiento le esta vedado a los demás. Pese a ello, el mercado consigue coordinar los esfuerzos productivos de millones de actores situados en diferentes situaciones y entornos y que, disponen de muy diversa información, estableciéndose una trama de relaciones mercantiles que se va plasmando en un esquema imprevisible, de superior complejidad a la que los individuos aisladamente hubiesen podido alcanzar.
El que la utilidad de determinado bien o servicio, definida como su capacidad de satisfacer una necesidad humana, difiera según los individuos parece hoy algo tan evidente que resulta sorprendente constatar  que aún algunos intenten interpretar la utilidad como algo objetivo.
No puede planificarse lo que no se puede conocer. La adecuada comprensión del papel que desempeña la transmisión de información constituye la clave para entender el funcionamiento de los órdenes espontáneos extensos.


Sin embargo, hay varias razones que ponen de manifiesto la necesidad, no de una mente planificadora, sino, junto al respeto de las normas tradicionales, la aceptación de unas normas morales que respetando las libertades individuales, impidan la manipulación y aprovechamiento evidente del mercado global por parte de  una oligarquía mundial de grandes empresas transnacionales que tejen una red de poder, más amplio que el de cualquier país, incluido Estados Unidos, capaz de intervenir y actuar en el mercado a favor de sus propios intereses de forma completamente deliberada. Los grandes pensadores del libre mercado, a pesar de lo acertado de su teoría, nunca previeron la enorme acumulación de poder y de información de estas corporaciones transnacionales, que hoy controlan el mercado y evidencian claramente que ha llegado el momento de la razón para hacer frente a estos fallos de mercado que se hacen hoy insostenibles. La mayoría de los economistas de hoy no pregunta quien controla las reglas de la economía mundial, visualizándola como un mercado descentralizado, competitivo, que no se puede descartar. Sin embargo, esta nueva evidencia sugiere que la influencia económica mundial estámuy concentrada en las grandes empresas transnacionales. Una realidad de la que parece ser, los intelectuales del libre mercado no quieren oir hablar, pero que de vez en cuando, y a pesar del secuestro de los medios de comunicación por estos intereses corporativos, esta realidad sale a la luz . 


La idea de que unos pocos banqueros controlan gran parte de la economía mundial siempre ha sido objeto de críticas por considerarla una idea "conspiranoica".

 Un estudiorealizado recientemente por tres científicos de la Universidad de Zurichy difundido por NewScientist, ha demostrado de forma empírica que un pequeño grupo de empresas, encabezado por los grandes bancos, ejerce un poder desmedido y hegemónico sobre la economía global. El estudio es el primero en observar que 147 empresas (menos del 1%) forman una macroentidad que controla el 40 % de la riqueza mundial. En la punta de esta pirámide se encuentran las principales entidades financieras: Barclays, JP Morgan, Credit Suisse, Bank of America, UBS, AXA, Goldman Sachs y Deutsche Bank, entre otros. La estrecha relación que hay entre ellos los hace plenamente vulnerables ante un colapso.

Para contener las consecuencias de la concentración del poder se requieren nuevas instituciones supranacionales y un cambio en las reglas de juego que imperan en la economía global, ya que la crisis actual, al parecer creada deliberadamente por estas corporaciones transnacionales, en la que aún no se han abordado la raíz de los problemas que ocasionaron la crisis, ni establecido responsabilidad alguna, ha dejado patente que una de las causas principales,si no la principal, de esta crisis, ha sido la falta de regulación.

Si equiparamos la especulación de los "derivados financieros" con el fútbol, podríamos hacer una analogía que explicaría bastante bien como funcionan, sería algo así: son dueños de la cancha, del balón y los dos equipos que juegan (después de haber impuesto al jefe de la policía, a los políticos de turno y al gobernador del estado). Son también propietarios de la transmisión exclusiva del partido, imponen las reglas del juego y están conectados a un casino donde apuestan al resultado que también conocen.


El concepto de orden espontáneo de crecimiento ilimitado se da de bruces de una forma más clara desde un punto de vista nada deliberado, que nada tiene que ver con la inteligencia de una mente o mentes humanas, como lo es la propia naturaleza, claro ejemplo de ello es la contaminación de las aguas, la tala indiscriminada de árboles, la extinción de especies animales y vegetales, el agotamiento del petróleo…pone en evidencia claramente que el crecimiento tiene un limite, y la rápida decadencia de lo citado es directamente causa de la evolución cultural, y por tanto, del mercado, a la que tanto debe.
No existe Pandora alguno donde las redes corporativistas de nuestro planeta puedan ir a buscar una fuente de energía alternativa, árboles, agua…ni siquiera escapar ante la destrucción ocasionada. Ésta es una destrucción que sigue un orden espontáneo extenso similar al del incomprendido mercado, que tanto han defendido los teóricos del libre mercado, lo que obliga a un cambio en la estructura del sistema que de paso a un desarrollo sostenible. No hay duda de que la evolución de la civilización esta íntimamente ligada a la adopción de unas normas tradicionales y al libre intercambio entre millones de personas en el mercado, personas como hemos dicho antes, con una multitud de fines distintos, y distintos gratos de utilidad. La supervivencia y aumento de la población a la que se hace referencia para intentar legitimar este concepto de mercado,  que olvida por completo una justicia distributiva ajena o un desarrollo sostenible, hoy evidencia que, paralelamente, está asentando las bases de nuestra propia extinción.

Por tanto, soy partidario de que haya llegado el momento de la razón, marcar un rumbo sostenible de forma deliberada, a través de la adopción de nuevas normas que junto a las normas tradicionales, formen un nuevo esquema donde, a través de las interacciones voluntarias de millones de personas en busca de diversos fines y con distinta información, permitan una mayor eficiencia no solo en beneficios en términos de capital, sino en términos de desarrollo sostenible, y porque no, de justicia social y de bienestar, admitiendo esto como un incentivo para que todos aceptemos el nuevo marco normativo, porque, a pesar del carácter individualista del mercado, todos somos necesarios para la buena marcha del planeta en el que vivimos, quieran verlo o no, es evidente que todos vamos en el mismo barco.
Esto espero que no se confunda la visión planificadora de la producción por una o varias mentes que dirigen las preferencias individuales agregándolas, erróneamente, en preferencias comunes, obviando la distinta utilidad y necesidades de los individuos, así como los múltiples fines individuales, que el mercado hace posible coordinar.

Los acontecimientos previos a la destrucción del planeta por nuestra civilización, harán que, la necesidad de controlar los escasos recursos produzca, primero el cierre de los mercados internacionales, y por último, una batalla por los recursos que no se tienen para intentar sobrevivir, lo que, hace que sea una evidencia empírica que sea inevitable la explosión del último conflicto bélico de la humanidad. Aún así ante la grave crisis que estamos sufriendo, quizás deban ser tenidos en cuenta los argumentos aquí expuestos para evitar una revolución social que cada día cobra más fuerza en Europa.

Esta frase tan citada de John Maynard Keynes “A largo plazo, todos estaremos muertos”   se toma muchas veces por los defensores del libre mercado como puro egoísmo, que no importa el daño que se infrinja a futuras generaciones, sino el corto plazo que atienda a la opinión pública presente, pero, tras lo expuesto anteriormente, yo la tomaría literalmente, como el fin de la civilización.