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martes, 17 de febrero de 2015

Abulia económica entre paradojas y mitos.

Las principales implicaciones de la política económica imperante desde hace décadas en lo que se denomina el Consenso de Washington, toman una preocupación primordial sobre la estabilidad de precios y una profundamente arraigada creencia en las propiedades auto-estabilizadoras de los mercados desregulados. En este contexto, la estabilidad financiera es una preocupación secundaria y la política de empleo se equipara con promover unos mercados de trabajo más flexibles. Esta filosofía económica, escondida en las fuertes restricciones a las que son sometidos los modelos de la corriente neoclásica, y oscurecidos con sofisticadas ecuaciones matemáticas, ha contribuido a que la ceguera de la profesión de la economía provocase la edificación de los desequilibrios económicos que estallaron con la crisis.

Si nos centramos en el supuesto neoclásico referente al individualismo metodológico, la existencia de un agente representativo hiper-racional, éste supone la afirmación de que todo análisis debe comenzar en el nivel del individuo y que empresas libres sin interacción entre ellas generarán a través del mercado un óptimo de Pareto, es decir, que se asignaran los recursos escasos de la forma más eficiente posible para la sociedad. Por el contrario, los economistas heterodoxos que parten de un enfoque holístico, donde  el todo es un sistema más complejo que una simple suma de sus elementos constituyentes, se han fijado en la posibilidad de siete paradojas o falacias de composición, una de las nociones más importantes y más ignoradas de la macroeconomía, las cuales señalan ciertas contradicciones que ocurren de la pura agregación del agente representativo de la economía neoclásica y que han tenido una relevancia importante en la reciente recesión:

1. Paradoja del ahorro, mayores tasas de ahorro conducen a reducir la producción.
2. Paradoja de los costes, salarios reales más altos conducen a mayores tasas de beneficio.
3. Paradoja de los déficits públicos, los déficits del Gobierno aumentan los beneficios privados.
4. Paradoja de la deuda, esfuerzos de desapalancamiento podrían dar lugar a mayores niveles de apalancamiento.
5. Paradoja de la tranquilidad, la estabilidad es desestabilizadora.
6. Paradoja de liquidez, nuevas formas de crear liquidez terminan por transformar activos líquidos en ilíquidos.
7. Paradoja del riesgo, posibilidades de cobertura de riesgo individual conducen a mayor riesgo global.

La extrapolación de forma natural que habitualmente tendemos a hacer de nuestra situación individual al resto de la sociedad no se limita al caso de la economía, por poner un sencillo ejemplo cotidiano en otras esferas de nuestra vida, algunas personas pueden decidir salir rápidamente por las puertas de un cine abarrotado, mientras que no todo el mundo puede hacerlo si lo deciden todos a la vez.

La paradoja o falacia de composición más conocida es la “paradoja del ahorro” expuesta por primera vez por John Maynard Keynes: tratar de ahorrar más disminuyendo el consumo agregado no incrementa el ahorro. Normalmente se expone tomando el ahorro de los hogares como el equivalente a la acumulación indeseada de inventario por parte de los productores, acarreándoles no cubrir costes al no vender su producción, pero puede explicarse también con una cuestión que ha despertado una histeria general, el déficit acumulado a consecuencia de la crisis actual por los países más azotados por sus efectos. La sabiduría popular da por sentado que los déficits públicos son discrecionales, y que si el sector público se esforzase podría rebajar su déficit. Sin embargo, no son conscientes de los impactos que dicha reducción provocaría en los balances del sector privado y exterior, que son la otra cara de este déficit, y esto es así por una simple norma aplicable a la contabilidad macroeconómica de cualquier país:

Balance Privado Domestico + Balance Público Doméstico + Balance Exterior =0

La situación llevaría a menores superávits privados o exteriores y una caída de la demanda agregada que no disminuiría el déficit, al ponerse en marcha los estabilizadores automáticos: aumenta el gasto social y se derrumba la recaudación de impuestos. Es de señalar que quienes apoyan esta política de empobrecimiento tienen la confianza en que las exportaciones, algo que cae en su mayor parte fuera del control de las naciones por ser dependientes de muchos factores, impulsarán la competitividad vía precios y salarios relativos. La miseria doméstica nos haría competir en el exterior, sin embargo esto es impreciso, puesto que este tipo de estrategia acarrea consecuencias en el extranjero, incluida la posición sobre los tipos de cambio en terceros países y la disminución de la demanda agregada global, se vuelve a recordar aquí que el superávit de alguien es el déficit de algún otro.

Las primeras tres paradojas están muy relacionadas y tienen su reflejo directo en las variables macroeconómicas “reales”, mientras que las otras cuatro surgen del funcionamiento de los mercados financieros. Como ya se ha puesto en claro la conexión de la primera con la tercera, voy a hacer un breve apunte sobre la segunda, “la paradoja de los costes”, expuesta por el economista polaco Michal Kalecki.  El consumo de los hogares depende en gran medida de los ingresos, que proceden del gasto hecho por las empresas y sector público en salarios, de los beneficios, y de los intereses. Este gasto, a su vez, es llevado a cabo por las empresas en base a las expectativas de venta, que son los desembolsos por parte de los hogares, de los extranjeros, de otras empresas y del sector público. Si un empresario decide mejorar su balance reduciendo costes por medio del salario de los trabajadores, y le siguen en su estrategia el resto de empleadores,  lo que a nivel individual supondría una mejora, a nivel agregado lleva a un menor ingreso de los trabajadores en su función de consumidores, y por ello,  se reducen las ventas totales y por tanto los ingresos de las empresas, que ven sus balances mermados, debilitándose las expectativas de inversión para toda la economía, que se ven agravadas cuando la capacidad de producción está por debajo de su potencial ante las débiles expectativas de venta.

Las recetas económicas en los últimos seis años varían muy poco, seguimos escuchando que hace falta (aún más) flexibilidad laboral y disciplina fiscal, y que con ello conseguiremos ser “competitivos” en el exterior, la mágica salida a todos nuestros males y que nos hace dependientes totalmente de factores externos que no podemos controlar, aunque para llegar a ello deban empobrecer antes a los ciudadanos deprimiendo aún más la economía por la incomprensión de la macroeconomía, sosteniendo las falacias de composición aquí comentadas. Pero, ¿qué es lo que determina entonces los ingresos a nivel agregado? Todo gasto tiene que ser recibido por alguien en forma de ingreso, sin embargo la sociedad no puede decidir aumentar sus ingresos a no ser que incurra antes en gastos, es ese flujo por el cual la causalidad es a la inversa de lo que ocurre a nivel individual, y ésta es una cuestión vital para entender la dinámica económica y aumentar en último término el stock de bienes y servicios producidos, el crecimiento. En definitiva, es la demanda agregada la que nos marca el camino, en oposición a los modelos neoclásicos de la corriente económica que se enseña en universidades y asesora a nuestros políticos ¿hasta qué punto ser permitirá que continúa en su obstinación el stablishment político-económico?

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sábado, 7 de febrero de 2015

¡Es la demanda, imbéciles!

El error e ideología que se esconde en el fondo de las soluciones recetadas para volver a la senda del crecimiento va mucho más allá de reuniones opacas en las que las élites fijan los pasos a seguir, se encuentra en los cimientos de nuestras sociedades, en la educación, en cómo se enseña Economía en las universidades. Lo quedó expresado muy bien en una frase el economista estadounidense y premio Nóbel Paul Samuelson: "No me importa quién escribe las leyes de una nación, o la artesanía de sus tratados avanzados, si puedo escribir sus textos de economía."

El discurso dominante falla a la hora de dar cuenta tanto del origen del beneficio, como de explicar los determinantes del producción, esto es algo que vieron pronto tanto Marx en su crítica a la economía clásica, como Keynes con su frustrada revolución contra la economía neoclásica. Ambos dirigieron sus dardos a lo que se conoce como ley de Say, justo al centro de la diana, raramente  referenciada explícitamente pero que se encuentra en el corazón de la ciencia económica que hoy damos en las universidades.
Si bien la teoría neoclásica supuso una ruptura con la escuela clásica y el papel protagonista que jugaban en su exposición del crecimiento las clases sociales y la distribución, tomó de ella la llamada “ley de los mercados” o ley de Say, la proposición por la cual la oferta crea su propia demanda, y que establecía que no podía haber  una recesión causada por una deficiencia general de la demanda agregada, aunque ello no implicaba que no pudiese ocurrir de alguna otra forma. Ricardo y James Mill en sus escritos ya sostuvieron que desajustes en la producción, causados por desequilibrios sectoriales, podrían crear un exceso de oferta o de demanda de forma transitoria, pero seguiría habiendo una oferta agregada equivalente a la demanda agregada, la cual acabaría corrigiéndose a través de los cambios en los precios relativos de los bienes. 
Luego, el sistema de precios aparecía así como el pegamento que hacía pasar la teoría económica por racional y se erguía como el regulador que validaba la Ley de Say de que toda oferta comporta la aparición de una demanda equivalente, que hacía imposible abordar la dinámica real del capital, el proceso de acumulación, obligando a buscar las perturbaciones del equilibrio del sistema fuera de éste, no dando cabida así a las tesis subconsumistas asociadas a la sobreproducción, que ya habían desarrollado Sismondi y más tarde, Hobson. Así, la economía neoclásica huyó hacia la utopía pura de un mundo ilusorio de equilibrios, óptimos y perfecciones, caracterizado por la igualdad omnipresente de los intercambios y la armonía universal de los intereses; consiguiendo, como estaba convencido Adam Smith, gracias al egoísmo racional de los intereses particulares; el mejor de los mundos posibles blandiendo la varita mágica del equilibrio general conducido por una misteriosa y divina mano invisible. Quedaba abolido todo problema moral, ya que de aquí se deducía que lo que tiene que hacer cada individuo, para originar una actividad socialmente óptima y eficiente, es actuar de la manera más egoísta posible. 

Marx, que estudió el mecanismo de acumulación del capitalismo, consideró las crisis como desviaciones temporales, aunque inevitablemente recurrentes, consecuencia de estabilizar la tasa de ganancia de los empresarios a través del ejército de reserva industrial; esto es, una amplia plantilla de trabajadores desempleados que servía para que los salarios bajasen. En Marx, el nivel general de actividad “gravitaría” alrededor de ese equilibrio de largo plazo que restablecía la tasa de ganancia a niveles deseados por los capitalistas, argumento que incluye en si mismo la ley de Say, si bien a corto plazo sus argumentos se asemejan a los de Keynes con un rechazo a ésta. A diferencia de una economía de trueque, para la cual la ley de Say sería válida, Marx señaló que en una economía capitalista el dinero no es simplemente un medio de intercambio, sino que es también reserva de valor, puede ser atesorado. Si los empresarios capitalistas son inducidos a no utilizar el capital creado, la demanda agregada será menor que la oferta, y la economía sufriría simultáneamente la existencia de capacidad productiva no utilizada y de trabajadores desempleados.

En condiciones de incertidumbre; uno de los principales aspectos de la teoría keynesiana e ignorado en la posterior síntesis-neoclásica que supuso una distorsión de su obra; el dinero no es neutral, algo totalmente opuesto a lo que presuponen los modelos ortodoxos que describen una economía de trueque y no monetaria, como es el capitalismo. En un mundo incierto, la posesión de dinero y otros activos líquidos proporciona utilidad porque supone una protección del titular frente al temor de no poder cumplir con obligaciones futuras. La Ley de Say afirma que cualquier nivel de producción que se produce se vende, mientras que la teoría de la demanda efectiva propuesta por Keynes afirma que la economía tenderá a producir el nivel de producto que puede ser vendido, lo que directamente implica que el mercado no tienda al pleno empleo sino que puede estar de manera continuada en elevadas tasas de desempleo. Si la rentabilidad o tasa de ganancia en términos marxistas aumenta, pero el mercado se contrae, no existe razón por la que ningún empresario instale nueva capacidad productiva si no tiene a quienes venderle, no hay expectativas que impulsen esa inversión, los “animal spirits”  keynesianos estarán entonces dormidos, desanimados. Además, en el mundo real, el dinero surgido inicialmente de los ingresos de la producción, sean éstos de trabajadores o de capitalistas, puede desviarse a los mercados de activos y no ser gastado en bienes, debido a unos mayores retornos y disponibilidad de liquidez, especialmente en la especulación.

Podemos  sumar otros problemas al cumplimiento de la ley de Say, como el desfase temporal entre la producción y la venta, con la dificultad añadida de tomar en consideración la innovación tecnológica o las preferencias cambiantes de los consumidores; sobre las cuales las instituciones en sentido amplio, que incluyen costumbres, hábitos y rutinas, tienen un papel fundamental aunque limitado; y que puede provocar que las expectativas que existían en el momento de comenzar el proceso de producción sean totalmente diferentes a las que existen una vez finalizado. Es por ello que para inducir artificialmente al equilibrio que emana de la ley de Say en los modelos neoclásicos, inferidos de un proceso de agregación más que cuestionable resultado de la suma de individuos tomados como iguales, se acuda a la restricción de la deshumanización de los propios individuos, a la caricatura del homo-economicus neoclásico representada en ocasiones como Robinson Crusoe, y que se construye sobre la hipótesis de hiper-racionalidad de los agentes económicos, con unas preferencias ordenadas que maximizan su utilidad independientemente de las acciones y preferencias de otros.
Pero un problema más grave es la asunción universal de que en los mercados las empresas son precio-aceptantes, con precios fijados por la competencia, y no la norma de precios administrados gracias a la existencia de oligopolios con poder para fijar el mark up, la diferencia entre los costes y el precio del producto, igualando la oferta y la demanda a través de cambios en el empleo y la producción, y no por ajustes en precios.

El rechazo de la ley de Say, ya que no todo el acto de ahorro se traduce necesariamente en un acto de inversión, y la consideración del sistema capitalista como un sistema inestable, cuyas fuentes son endógenas, haciendo hincapié en la importancia central de la demanda agregada, aleja a gran parte de la heterodoxia económica del equilibrio general de la corriente dominante y de su utopía autocorrectora. Todo el edificio teórico construido en base a la ley de Say y sus implicaciones es la antesala de nuestro adoctrinamiento, el estudio de un mundo irrelevante que desprende soluciones que inevitablemente desembocan en fundamentalismo de mercado.

Permitir un cambio de rumbo en la crisis, un cambio que no suponga concesiones transitorias fruto de la presión social, un pacto débil que con el tiempo se supera y queda obsoleto con el progreso de la tecnología y cambios institucionales, como vemos ha venido ocurriendo desde los años 70, necesita el desarrollo y el debate de un programa académico alternativo al actual, que permita diversidad teórica y metodológica y una perspectiva plural, desde el acercamiento de las diversas disciplinas que forman las ciencias sociales. ¿Se está moviendo algo en esta dirección? Si, desde hace unos meses, 42 asociaciones de estudiantes de economía de 19 países distintos impulsaron el llamamiento internacional por el pluralismo en economía bajo el nombre de “International Students Initiative for Pluralism in Economics” (ISIPE), entre los que se incluye el grupo de Economía Crítica Extremadura, del cual soy miembro. Desde entonces, el número de colectivos de estudiantes y los apoyos dentro del mundo académico y profesional, han ido en aumento, pese a todos los obstáculos para que esto prospere y la etiqueta de “herejía” a todo aquello que se salga de lo convencional, con el estigma que supone en la profesión económica, forzándose a quienes alertan de las fallas del discurso tradicional incluso al exilio a universidades de poco peso  y revistas de escaso impacto por quienes temen al pensamiento crítico fomentado desde la educación ¿Nos pararán? De momento estamos ganando terreno, el momento apremia, como muy bien apreció el economista francés Robert Boyer hace muchos años, “cuando las crisis duran, las ortodoxias se agotan”.


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miércoles, 26 de marzo de 2014

El dinero no es deuda


Esta entrada me he animado a escribirla al ver, durante estos días, cómo circula por la red la traducción de un artículo de David Graeber en el medio de comunicación inglés “The Guardian”, donde el principal mensaje es la popular y errónea consigna de que “el dinero es deuda”. Este hombre, antropólogo de formación (cabe decir que no tengo nada contra los antropólogos, ni contra su área de investigación y métodos, todo lo contrario), se basa en una publicación del Banco de Inglaterra en la cual se trata de explorar algunos mitos o creencias falaces sobre la creación de dinero ampliamente difundidas, donde remarcan que el dinero actual es dinero crédito, generado por los bancos privados, muy diferente a la noción de dinero mercancía de los modelos neoclásicos actuales, los cuales toman el dinero como exógeno en un sistema donde los bancos son meros intermediarios. Hasta aquí bien, pero hay más, un proceso por el cual se explica el proceso de creación de dinero y le da la característica de flujo, y no de stock, que parece habérsele olvidado a David Graeber, claro que así visto, el titular y el atractivo de su brillante y audaz “descubrimiento” no sería tal.

Mi crítica va a estar fundamentada a través de una breve exposición de lo que se conoce como Teoría Monetaria del Circuito, en la cual, como señala el Banco de Inglaterra, también el dinero es endógeno, por lo cual no puede ser fijada su cantidad de manera arbitraria por el Banco Central, siendo fundamental para el proceso económico al permitirse crear dinero conforme lo demanda la economía. Esta teoría es contraria a quienes apoyan la vuelta al patrón oro o el requerimiento de reservas del 100%, situaciones ambas que estrangularían la actividad económica y aumentarían la competencia por la escasez de dinero, creando graves distorsiones en la distribución y agravando los conflictos entre grupos sociales, por lo cual, no es de extrañar que sean éstas propuestas hechas por grupos englobados dentro de la ideología neoliberal. De aquí se deriva además, que la causalidad comúnmente publicitada de que la inflación es ocasionada por una excesiva tasa de crecimiento de dinero, es errónea, yendo en realidad en sentido opuesto. Así, es la tasa de crecimiento de los precios y de la producción lo que va a incidir sobre la tasa de crecimiento del stock de dinero, y por tanto, la inflación debe explicarse por otros factores.
La oferta de dinero se halla determinada por la demanda de créditos y las preferencias del público, invirtiendo la causalidad neoclásica donde el ahorro precede a la inversión, y donde la relación entre bancos y empresas rompe la dicotomía clásica entre economía real y monetaria, acercándose a lo que denominó Keynes como una Teoría Monetaria de la Producción. Se subraya la naturaleza del dinero como deuda, siendo éste una variable flujo, no stock, puesto que se crea y se destruye con la concesión y cancelación de créditos bancarios, concepto muy diferente de la propaganda ultraliberal en la que han caído supuestos “revolucionarios anticapitalistas” de manera ignorante, gracias a documentales como Zeitgeist, Money as debt, o The money masters, y que toma como punta de lanza una falacia bien conocida en Internet, que el dinero es deuda, obviando todo el proceso del dinero como flujo explicado muy bien por los circuitistas francoitalianos, con referencia obligada a autores como Parguez, Graziani, Rochon y Secareccia, aunque también destacan en este aspecto otros, como los norteamericanos como Davidson, Moore y Lavoie, entre otros. Todos ellos se encuadran dentro de enfoque postkeynesiano de la Economía (fuera de la corriente neoclásica en la que sí están neokeynesianos y nuevos keynesianos), cuyos principales antecedentes son Keynes y Kalecki, si bien están presente otros como Schumpeter, Wicksell, Minsky y buena parte de economistas de Cambridge a quienes se les considera iniciadores de esta escuela como Kaldor, Robinson, Sraffa y Pasinetti. La referencia a diversos autores y temas de investigación de esta escuela puede dificultar su delimitación, sin embargo puede observarse un núcleo común como han sugerido Eichner (1984), King (2002) y Lavoie (2005) (he puesto estos autores porque son quienes tienen publicados libros en castellano con una introducción a la Economía Postkeynesiana).


Para explicar muy brevemente la Teoría del Circuito Monetario, me basaré en el libro “La fragilidad financiera del capitalismo”, coordinado por los profesores del departamento de Economía Aplicada y Finanzas de la Universidad de Castilla-La Mancha Oscar de Juan y Eladio Febrero, concretamente en el capítulo de éste último titulado “Inestabilidad financiera, una interpretación desde la óptica de la Teoría Monetaria del Circuito” (recomiendo a quien esté interesado ir a la fuente, por los errores que yo pueda cometer en sintetizarlo o al introducir comentarios míos sobre ello, pese a que intentaré reproducir lo dicho por este autor con la mayor exactitud posible, lo que en alguno de los párrafos haré prácticamente de forma literal). Así, en un sencillo modelo en el cual se consideran dos sectores productivo y sin sector público:


 En la figura de arriba, tenemos que la flecha con un (1) se corresponde con la fase de flujo; la numero (2) con la fase de circulación; la (3) al pago de salarios a los trabajadores del banco, con cargo a los intereses a cobrar al prestatario; (4) ilustra la fase de reflujo; (5) corresponde a la fracción de ahorro de los trabajadores que se deposita en los bancos; y (6) a lo que los trabajadores envían a los mercados financieros.

S. Bk (sector que produce bienes de capital) va a comenzar un nuevo proceso de producción y el nivel de producto a enviar al mercado va a depender de sus expectativas de demanda efectiva. En función de estas, solicita un crédito al banco (privado) para pagar los salarios de sus trabajadores (Lk). El banco concede tal crédito, creándole un depósito emitiendo deuda contra sí mismo con el objeto de que se “monetice” una transacción entre terceros (S. Bk y Lk). Suponemos que los trabajadores emplean su salario completamente en la adquisición de bienes de consumo, producidos por S. Bc, sector que utiliza la liquidez recibida mediante la venta de su producto a Lk, para pagar salarios a sus trabajadores Lc que, a su vez, también la emplearán en adquirir bienes de consumo. Con la liquidez de vuelta en S. Bc, este sector puede emplearla en la adquisición de bienes de capital necesarios para producir más bienes de consumo en el siguiente período de producción. Así, la liquidez va a S.Bk, que la obtiene mediante la venta de su producto a S.Bc, lo que permite al prestatario estar en disposición de devolver la deuda contraída inicialmente con el banco, desapareciendo de un modo simultáneo el crédito y el depósito. Lo expuesto en este párrafo debe dejar claro que el dinero no es una variable stock, sino un flujo que se crea con la concesión de créditos y se destruye con la cancelación de las deudas, sin embargo quedan cuestiones pendientes.

¿Cómo se pagan los intereses bancarios? En el momento en que el banco concede el crédito a S.Bk, crea un depósito por valor M’=M (1+i), pero solo pone a disposición del prestatario un montante de dinero M (=wLk.). De este modo, el balance bancario se ve aumentado, y ahora el banco puede remunerar los factores necesarios para su operatividad (en este sencillo ejemplo suponemos que el banco solo requiere trabajadores) en una cuantía iM. Si los trabajadores del banco (Lb) gastan todos sus salarios en bienes de consumo, esta liquidez va a ir a parar a S.Bc, y este sector la va a utilizar para adquirir bienes de capital, de modo que dicha liquidez va después a las manos de S.Bk. De este modo, este último sector puede pagar el principal más el interés.

¿Qué ocurre si hay ahorro de los agentes? Desde la óptica del circuito se considera la posibilidad de que los agentes tengan dos alternativas para conservar sus ahorros: depósitos bancarios o activos financieros empitados por las empresas, que dependerá de la preferencia por la liquidez de los ahorradores. Quedaría tanta deuda por pagar como dinero han ahorrado los trabajadores, sin embargo imaginando que la preferencia por la liquidez es nula, todos los ahorros irían destinados a la adquisición de títulos financieros, permitiendo adquirir a las empresas no financieras por ésta vía lo que dejan de adquirir por la venta de sus productos, por lo cual de esta forma el circuito vuelve a cerrarse. Sin embargo, si los agentes desean mantener una fracción de sus ahorros en forma de depósitos bancarios, quedarían deudas pendientes de pago, apareciendo una fase adicional de intermediación bancaria donde las empresas refinancian su deuda convirtiéndola en deuda a largo plazo, utilizando los bancos para ello los depósitos de los ahorradores. Debe quedar claro que los depósitos bancarios son consecuencia de la fase de flujo, en contradicción con lo establecido a la teoría monetaria convencional.

Introduciendo un elemento institucional en el sistema descrito como es un Banco Central, sigue siendo válido que los créditos crean los depósitos y que la cantidad de dinero está determinada por la demanda de crédito y  por tanto, es endógena. Suponiendo que el Banco Central exige a los bancos privados un determinado volumen proporcional de reservas sobre los depósitos bancarios, ¿de dónde salen éstas? El banco privado no puede crear un depósito adicional al que conlleva el crédito, sino que pide las reservas prestadas al propio Banco Central, pagando un determinado tipo de interés fijado por éste de forma exógena, en proporción al montante del crédito, manteniendo al final del circuito únicamente como reservas la proporción a depósitos mantenidos por familias. Como se aprecia, las reservas no suponen una restricción a priori, sino que aparecen a posteriori. El Banco Central puede alterar las condiciones en que presta las reservas modificando el tipo de interés, pero no se negará a jugar el papel de prestamista de última instancia si ello es necesario para evitar una crisis de confianza que colapsaría el sistema financiero, y luego penalizará al banco en cuestión.
Si no hay límite a la creación de crédito, ¿significa que los bancos juegan un papel puramente pasivo operando como meros acomodadores de la demanda de crédito? No, los bancos deniegan créditos (o deberían para su supervivencia) a aquellos potenciales prestatarios que no presentan avales de suficiente garantía, además de estar sujetos a la supervisión bancaria del Banco Central (cuestión que presenta problemas por la opacidad e ingeniería contable en los balances de los propios bancos privados y la descoordinación entre Bancos Centrales para compartir información de los bancos privados que operan bajo su área de influencia). En cualquier caso, la posible no acomodación de la demanda de crédito no tiene nada que ver con restricciones exógenas de fondos prestables.

La inestabilidad financiera puede surgir, sin ser la única explicación ni ser excluyente con otras posibilidades, con un crecimiento desigual del mercado de bienes y servicios, por un lado, y del mercado financiero, por otro. Si aparecen estímulos a tomar dinero a crédito con la finalidad de invertir en mercados financieros, por motivos especulativos, es decir, con la finalidad de adquirir activos para venderlos posteriormente a un precio superior, ello provocará un aumento en el precio de éstos, aumentando la brecha con los tipos de interés y dando lugar a un incremento mayor del optimismo, dado que el coste del crédito es inferior a la ganancia que se obtiene de su uso. Conforme avanza la situación, el ritmo de expansión de los mercados financieros presenta un ritmo superior al del mercado de bienes y servicios (y mayor todavía que el de los bancos), inflándose el precio de los activos financieros (aquí también podríamos poner el ejemplo de los activos inmobiliarios) por encima del crecimiento de los beneficios derivados de la actividad de las empresas no financieras. Las empresas emplearán sus beneficios derivados de su actividad no financiera en la adquisición de activos financieros con fines especulativos, lo que en el acto provocará una “moderación” del crecimiento del sector no financiero, que no podrá mantenerse durante mucho tiempo. La razón del desplome es que las empresas siguen endeudándose, pero no con la finalidad de expandir la capacidad productiva, el dinero se crea (fase de flujo) pero no circula por el circuito real, sino por el financiero, lo que no da lugar a aumentos de gasto y producción (o al menos, no de forma automática, salvo que las ganancias realizadas en el mercado financiero se empleen en gasto en bienes y servicios). El flujo de retornos en el mercado de bienes y servicios deja de ser suficiente para devolver los créditos, provocando a los prestatarios la necesidad de desprenderse de algunos activos, con la finalidad de obtener liquidez. Si el ritmo de venta de activos provoca una cierta reducción en el aumento de los precios, algunos especuladores pueden verse tentados a seguir la corriente vendedora. Si algunos prestatarios no consiguen vender sus activos financieros a un precio superior al que los adquirieron, van a tener serios problemas para devolver los créditos, lo que se traducirá en incobrados para el banco. Esto, al mismo tiempo, puede provocar un aumento en la preferencia por la liquidez de los bancos (esto es, aumento de la percepción de riesgo de los créditos, por lo que o bien se niegan a prestar o lo hacen a un tipo más alto). La dificultad creciente para encontrar créditos puede entorpecer la actividad del sector real, provocando un desplome generalizado, haciéndose imprescindible la actuación de un agente (en este caso el Banco Central, aunque también puede ser el Sector Público mediante déficits) que, a consecuencia de la falta de demanda efectiva, torna ilíquidos los activos de los bancos por la falta de beneficios de los prestatarios, llevando a los bancos a no conceder créditos a empresas, lo que se traducirá en mayores problemas de demanda efectiva.


Vuelvo a incidir en que quien esté interesado vaya a la fuente de donde he sacado lo aquí expuesto y que pongo más arriba. Espero haber sintetizado las ideas de forma que quede plasmado que el dinero no es deuda tal y como se ha extendido por Internet, en especial por culpa de una serie de documentales que esconden una ideología ultraliberal, los cuales han sido profunda y agresivamente analizados en el blog Chemazdamundi, que recomiendo echar un vistazo por su esfuerzo por desenmascarar algunas de las teorías conspiranoicas que circulan por la red, y cuyo sencillo y atractivo mensaje, atrae a incautos por doquier. 


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sábado, 18 de enero de 2014

Réquiem por la Renta Básica


Me veo en la obligación moral de escribir esta breve reflexión sobre un asunto que tiende a ser enterrado apresuradamente cada vez que se saca a la luz pública, desechado sin haber sido llevado a un debate o razonamiento mínimos, la Renta Básica.
Entiendo este instrumento como una Renta Básica de Inserción, una prestación monetaria integrada por una parte mensual básica y un complemento variable, en función de los miembros que forman parte de la unidad de convivencia, con objeto de satisfacer las necesidades básicas de la misma cuando éstas no puedan obtenerse del trabajo, o de pensiones y prestaciones de la Seguridad Social, como pueden ser la prestación por desempleo o ayudas a la dependencia, y en oposición con la iniciativa de una Renta Básica Universal. Tal discrepancia podría parecer trivial para muchos, pero no deberían pasarse por alto cuestiones tales como que la Renta Básica Universal carece de una justificación sobre los medios de subsistencia del individuo si ya están cubiertos, así como los potenciales efectos adversos sobre la inflación que contrarrestarían los efectos de tal proposición vía demanda agregada que más abajo expongo, si bien existen circunstancias que a su vez podrían limitar éstos mediante el incremento de la oferta de bienes y servicios que la misma Renta Básica Universal podría impulsar, pero que implican un proceso más complejo y a largo plazo.

Más allá de su justificación moral en base a la justicia social y el aumento de capacidades del individuo, con su importante contribución a una libertad individual efectiva, las cuales suponen por sí mismas un claro objetivo de compromiso social, existen argumentos de peso diferentes de la retórica social que envuelve esta iniciativa, y que deberían hacer que cualquier ciudadano y gobierno reflexione de sus beneficios funcionales como instrumento de política económica, y que expongo en los dos siguientes puntos.

Primeramente, mi argumento a favor de la Renta Básica en lo referente a la demanda agregada se centra en la propensión a consumir de los hogares con menores ingresos, quienes gastan la totalidad de su renta en consumir bienes y servicios. El efecto multiplicador de esta medida influiría directamente sobre la oferta de bienes y servicios, lo que a su vez impulsaría el empleo y la inversión en bienes de capital (economía real), cuyas expectativas vienen marcadas por las previsiones del consumo futuro. Ello funciona en sentido inverso al resultado que produce una pequeñez en la propensión a consumir de hogares con rentas elevadas, cuyo ahorro alimenta la economía financiera y especulativa en busca de mayores retornos en detrimento de la inversión en la economía real, y que tiene un efecto devastador sobre la economía desencadenando un periodo inestable y de gran incertidumbre. Me abstengo aquí de hablar del ahorro derivado de unos ingresos mínimos ya que se entiende que los beneficiarios de estas transferencias tienen nula capacidad de ahorrar parte alguna de sus ingresos, sin embargo, dejo abierta la posibilidad de que esta medida pueda producir una reducción en el endeudamiento de las familias más desfavorecidas.

Otro fundamento positivo es la capacidad estabilizadora o limitadora de las fluctuaciones del ciclo económico de esta herramienta, que ya se evidencia de lo revelado en el primer punto, y que se basa en diluir el riesgo específico de las personas, quedando expuestos solamente al riesgo sistémico, en línea con la teoría moderna de cartera de Markowitz, lo que deja las fluctuaciones a la exposición e impactos de los shocks externos pudiendo controlar en gran medida las producidas por una demanda agregada insuficiente. Pero lo más interesante es sin duda su efecto sobre la aversión al riesgo, la incertidumbre asociada al consumo, lo cual es un concepto muy diferente y más determinante en la toma de decisiones del individuo que la utilidad del consumo, como han comprobado economistas y psicólogos en diversos experimentos y que hoy es uno de los supuestos básicos de la Moderna Teoría Financiera. Su implementación como una medida puesta en marcha por los poderes públicos no se trata únicamente de una política de ayuda social, sino de una política coherente con la gestión de riesgos en una época en la cual los riesgos individuales son extremadamente importantes, amortiguando el impacto de los problemas más graves. Se trata de democratizar las finanzas y extender las ventajas y complejas técnicas de las que disfrutan los mercados financieros a otros ámbitos que puedan devenir en una mejor seguridad para el ciudadano de a pie. Mi planteamiento aquí sigue el formulado por el reciente Premio Nobel en Economía Robert Shiller en su libro “El nuevo orden financiero: el riesgo para el siglo XXI”, sin embargo, difiere en la naturaleza de su proposición puesto que trato la gestión de riesgos a través de la Renta Básica como un seguro público, y no como un contrato entre agentes privados, y lo he tratado así para no eludir los problemas de selección adversa y otros problemas derivados de la información asimétrica que puedan darse.
Si a los individuos se les deja sobre sus espaldas todo el peso de  la incertidumbre que va asociada a nuestras vidas, así como el sufrimiento personal ocasionado por el azar, los individuos intentarán hacerlo lo mejor que puedan, normalmente tomando posiciones conservadoras, evitando riesgos a costa de dejar pasar oportunidades, que pueden ir desde mejorar su formación, poner en marcha un proyecto personal en forma de empresa o investigación, un cambio de trabajo, o incluso un proyecto familiar o social.
Imaginemos, cogiendo el ejemplo de Shiller sobre su idea de seguro de subsistencia, una persona joven que piensa seriamente en desarrollar una carrera ambiciosa y especializada, por ejemplo, en el campo de la bioquímica. Nadie sabe lo que nos deparará el futuro, así que se enfrenta a riesgos como una sobreabundancia de especialistas en su materia, una caída de las acciones de biotecnología que redujera sus posibilidades laborales, o que las universidades y firmas biotecnológicas importen técnicos cualificados en países en desarrollo por su menores exigencias salariales. Ante la incertidumbre, podría desechar esta especialidad, aun cuando este campo pueda proporcionar una cura contra el cáncer y otras enfermedades. Pero, la Renta Básica podría en gran medida cubrir parte de los riesgos, diluyendo el riesgo específico, contribuyendo así a incentivar el emprendimiento y que las personas vean las posibilidades y la incertidumbre bajo otra luz, mucho menos arriesgada.

La idea de que una Renta Básica como seguro público impulsaría el emprendimiento de cualquier clase es contraria a la sabiduría convencional, la cual critica y se opone intuitivamente a este instrumento por “romper” los incentivos a trabajar, así como por la supuesta insuficiencia de fondos necesarios para el enorme gasto público aparejado a su implantación.
Recientemente, tras el fracaso del proyecto para llevar a la Comisión Europea la petición de una Renta Básica Universal, y la puesta en marcha de una iniciativa similar a nivel nacional por el Movimiento contra el paro y la precariedad, en los círculos políticos y de opinión se ve como una utopía inviable e irresponsable, en un momento de grave déficit de las cuentas públicas, posición que un informe del Sindicato de Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) se ha encargado de reforzar. Las objeciones que se le pueden hacer a este informe son principalmente dos: i) la estimación del gasto público en una cifra de 78.000 millones de € y su imposibilidad de financiarlo no es tal si se tiene en cuenta la recaudación de impuestos perdida por culpa del fraude y la evasión fiscal, la cual ha sido estimada por la propia Gestha en torno a los 90.000 millones de €, además de la capacidad de aumentar los ingresos del Estado por medio de una mayor progresividad a los tramos más altos del IRPF como ya ha existido décadas atrás, un IS en función de la estructura y beneficios de las grandes empresas suprimiendo los nichos fiscales que permiten a grandes empresas una tasa efectiva menor que la de pequeñas y medianas empresas, entre otras muchas cosas que pueden hacerse. Así como, ii) en las estimaciones del informe no se evalúan los efectos sobre la actividad económica y la recaudación que he argumentado arriba en este texto, y que cambiarían por completo el punto de referencia de tal informe a la hora de hacer las estimaciones.

La segunda crítica más extendida e instintiva sobre este asunto, ampliamente interiorizada por todos, bien refugiada en la sabiduría convencional, es la que alarma sobre la “ruptura” de incentivos para trabajar que supondría una Renta Básica, ¿quién va a querer trabajar si se le aseguran unos ingresos sin hacer nada? Como se ha señalado a lo largo de todo este artículo, la Renta Básica no es más que unos ingresos mínimos para cubrir las necesidades vitales, de la cual quedan excluidos la adquisición de bienes y servicios que todos tenemos razón en valorar y otras motivaciones que podemos encontrar y que vienen bien agrupadas en la conocida pirámide de Maslow.
Si bien puedo entender cierto grado de preocupación en torno a la degradación de ciertos incentivos para trabajar, especialmente si la mediana de ingresos a partir de la cual se calcula el montante de la Renta Básica es una cifra cercana al Salario Mínimo Interprofesional, ¿cuál sería el efecto sobre el mercado laboral? Lo que debería ocurrir es que los salarios de los trabajadores suban, puesto que nadie estaría dispuesto a trabajar por un SMI que le asegura unos ingresos iguales o cercanos a los que tendría sin ejercer actividad alguna, aumentando los costes de las empresas pero también sus ingresos, ya que aumentaría presumiblemente el consumo de sus productos. Que las personas trabajen por algo más que por salarios de subsistencia y se ponga freno a la precariedad no debería ser visto un problema de la Renta Básica, sino más bien un logro, funcionando a su vez como un complemento de la política de rentas.


Lo aquí expuesto no significa que la Renta Básica resuelva por sí misma los problemas a los que se ha hecho referencia, sino que debe ser vista y tratada como un instrumento, una herramienta que debe combinarse con otras medidas necesarias acorde a la situación y las relaciones que surjan de la multitud de intereses y fuerzas que coexisten en una economía nacional y, especialmente en estos tiempos, globalmente, por lo que se hace imprescindible tratar para su correcta implantación o la consecución de los resultados deseados su complementación con las urgentes regulaciones indispensables en el sistema financiero, para el medio ambiente y de una política de gobernanza mundial que vele por unas reglas de juego homogéneas que no sancionen comportamientos éticos o responsables en el tablero global común degradando la capacidad competitiva y las economías nacionales.


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