viernes, 20 de noviembre de 2015

De conspiraciones, realidades y malas soluciones: la banca privada como engranaje esencial y fuente de inestabilidad del sistema.


Una vez más en la historia, una crisis ha resquebrajado el muro de la sabiduría convencional. A la par que la crisis iba causando estragos y transformándose, diversos movimientos y organizaciones crecían y surgían atrayendo la atención de la sociedad, en busca de las alternativas que el discurso oficial les negaba. Tal inestabilidad se ha vinculado principalmente al aumento insostenible de la deuda privada, consecuencia de la desigualdad y de la creación de burbujas especulativas, motivos ambos ligados a un determinado régimen de acumulación del capital, comúnmente denominado como “financiarización”.

 El diagnóstico sobre la realidad política y económica ha estado en general bien orientado, pero no se han conseguido plantear alternativas coherentes desde estos movimientos debido a la distancia que guardan con la realidad operativa de una Economía Monetaria de Producción. Uno de estos movimientos que encuentran la simpatía del público indignado, es el International Movement for Monetary Reform, cuya cabeza más visible es la organización Positive Money. Este movimiento pone en la diana a los bancos privados, protagonistas sobre los cuales construyen una narrativa de conspiración contra el mundo. Las razones sobre las que descansa la desconfianza general que provocan en la sociedad estas instituciones financieras, con las cuales estoy muy de acuerdo, se prestan a ello, pero creo que es igualmente importante presentar una propuesta de reforma en un marco teórico coherente.
La iniciativa que plantean desde Positive Money es una mezcla de ciertos aspectos del Monetarismo con otros de la Teoría Monetaria Moderna, que a grandes rasgos no trata más que reducir la función de los bancos privados al mito clásico de meros intermediarios entre ahorradores y prestatarios, imponiéndoles unas reservas del 100%, y dejar en exclusiva el poder para la creación de dinero en manos del banco central, principalmente a través del gasto público.
Quienes conocen la historia bancaria sabrán que no hay nada nuevo en tal iniciativa, siendo ésta muy similar a la Ley de Peel de 1844 del Banco de Inglaterra, que separaba las actividades de creación de dinero y de intermediación bancaria. La lógica de tal ley consistía en que la creación de dinero por la banca privada suponía una transferencia inadecuada de señoreaje, de manera semejante a como denuncian desde Positive Money.
Los bancos privados consiguieron entonces sortear la ley mediante arreglos que les permitían aumentar la oferta monetaria a través de diversas innovaciones financieras. Puesto que el dinero es deuda, cualquier sociedad puede crear dinero emitiendo un pagaré denominado en la unidad contable de la sociedad en cuestión, incluso entidades no financieras, siempre que exista un acreedor que esté dispuesto a aceptar tal pagaré. Si los agentes demandan liquidez en el mercado, la van a encontrar por otras fuentes que no sea la mera disposición del banco central a crear dinero nuevo.
Tal agujero en el argumento y miopía hacia la historia deriva del rechazo a un principio contable fundamental que les permite mantener uno de sus eslóganes principales, la creación de un dinero libre de deuda, obviando que por cada activo financiero existe un pasivo financiero igual que lo compensa, lo que les ha valido a este movimiento la etiqueta de “money cranks” o excéntricos del dinero.
A pesar del elevado tipo de interés por las restricciones operativas que imponen a los bancos privados un requisito de reservas tan rígido, en tiempos normales, el exceso de optimismo característico de su comportamiento pro-cíclico les permitiría responder a las demandas de liquidez y cumplir con sus compromisos en el largo plazo. Sin embargo, en cuanto hubiese un ligero cambio en la confianza de la economía por cualquier motivo, no estarían en buena posición para cumplir con las necesidades del capital industrial a corto plazo, por lo cual la desinversión que le siguiese provocaría una inestabilidad desbocada sin el suficiente capital que respaldase cualquier descenso de los activos. Este es el motivo por el cual nuestro actual sistema financiero descansa sobre dos elementos clave: la garantía de depósitos y el banco central como prestamista de último recurso.
Un correcto funcionamiento de los sistemas de pago que compatibilicen la estabilidad financiera con la eficiencia económica dista mucho de poder existir bajo las decisiones de un reducido comité de expertos, que interpretarían a su vez el papel de vigilantes y vigilados. Un plan de este estilo, destinado a ignorar los objetivos privados de acumulación en pos de una meta superior como es la estabilidad financiera, pasa por alto los efectos macroeconómicos derivados de la causalidad entre inversión y ahorro. La agudización del conflicto en torno a la distribución del excedente tendería así a una mayor desviación de recursos del circuito real al financiero, consecuencia de mercados ilíquidos.
Pretender que la discrecionalidad sobre la oferta de dinero controlada por una banca central maneje el crecimiento y sea condición suficiente de estabilidad, sin atender a un esquema macroeconómico donde el proceso productivo sea guiado por la lógica de la acumulación privada, evita reflexión alguna sobre la distribución del excedente y las condiciones de realización de la demanda. La incertidumbre radical del mundo en el que vivimos unida a un sistema financiero altamente ilíquido, plantea que la reforma monetaria propuesta desde Positive Money sea bastante problemática en las propias cuestiones que prevé combatir dentro del circuito financiero. Una alternativa coherente debe a su vez orientar el foco de atención al circuito real, donde los procesos de producción son financiados a través de una oferta monetaria endógena en función de unas expectativas de beneficio o ahorro, considerando las relaciones de poder y las articulaciones cambiantes entre las mismas.

Que los bancos privados cumplan su función esencial de financiar las necesidades del ciclo reproductivo de bienes y servicios, no es incompatible con que haya una reforma en el sistema bancario que les prohíba hacer cualquier otra actividad que diste mucho de poder relacionarse con alguna finalidad pública. No  se trata de, por así decir, erradicar la pobreza borrando a los pobres del mapa, no hay una solución mágica para prevenir otra crisis financiera.